Estructura
Guantazo textual
Primero la bofetada, luego la ensaimada. En ese orden.

Cuando vives en un paraíso de aguas cristalinas y sobrasada color rojo Ferrari, es normal que acabes siendo feliz. Yo lo era. Mucho.
Recuerda. Primero la bofetada, luego la ensaimada. En ese orden.
Hasta que llegó mi suegra
Disfrutaba de un trabajo interesante e iba a la playa a diario. Vino para seis días: llegó un lunes y dijo que el sábado se iba.
Perfecto. Casi lo cumple. El sábado de esa misma semana estaba para irse. Ingresada en la UCI, intubada y con pronóstico muy grave. Tiene la capacidad pulmonar de un bebé recién nacido, nos dijeron. Es poco probable que salga de esta, y si sale le quedan unos meses de vida como mucho.
Salió. Se recuperó milagrosamente y se quedó a vivir con nosotros sus últimos días, semanas, meses, años. Mi vida en el paraíso había cambiado para siempre.
Roberto, ¿qué desayunas?
Me convertí en padre, dejé de ver series y de dormir por las noches. Pero por las mañanas llegaba al trabajo rebosante de energía.
«Roberto, ¿qué desayunas?» «Roberto, eso que bebes, ¿es té?» «Roberto, qué energía tienes siempre.» Cafeína, teína, taurina, lactobacillus: nada de eso. Por aquel entonces no tomaba ni café.
¿Cómo es posible que tuviese más energía que cuando vivía sin suegra? Fácil fácil. Cada mañana al despertar recibía dos bofetadas de realidad. Guantazo enorme. Sin manos.
Las dos bofetadas
Mi hijo dormía muy poco. Cada dos horas despertaba, en ocasiones cada hora, y cualquier ruido lo espabilaba. Cuando me duchaba para ir a trabajar, el ruido del termo lo despertaba. De modo que opté por ducharme con agua fría. Primera bofetada.
Luego me dirigía hacia la habitación de mi suegra, que era donde estaba mi ropa. Cuando entraba, mis ojos contemplaban la imagen de aquella señora durmiendo. Nada sugerente. Nada estimulante. Nada apetecible. Muy real. Segunda bofetada.
A partir de ese momento todo mejoraba. No había posibilidad de lo contrario: cada mañana me encontraba con la realidad absoluta. Sin florituras. Un 96 % de realidad, un 4 % de oxígeno saturado, un 0 % de fantasía. Cuando salía de casa era sumamente positivo y enérgico. Ya me había tragado mi sapo, que diría Brian Tracy.
Con el copywriting, lo mismo
Nada de adornar ni enamorar de entrada, que empalagamos. El postre siempre al final. «Una buena patada en los huevos primero y luego léeles a Petrarca», decía Bukowski.
Para convencer a alguien de que haga algo, compre o se decida por lo que sea, primero hay que darle fuerte donde más le duele. Luego ya le acunamos y mecemos lo que necesite. El orden no es un detalle de estilo: es lo que decide si sigue leyendo.
- Primero el problema, con su nombre real.
- Después la consecuencia de no resolverlo.
- Y solo entonces, lo que tú vendes.
Envíame más rollos de estos
Si esto te ha sonado a tu negocio, cuéntame el tuyo. Leo, pienso y lo pongo por escrito.