Curiosidad
Cartas de amor & ventas
Escríbele una carta. Recibe multitud de solicitudes y halagos un sábado por la noche, pero piensa en un martes por la mañana. Menos ruido, menos tráfico, mayor conversión.

¿Te acuerdas de cuando no existía Instagram? ¿Ni Tinder? Había que salir los fines de semana. Todos. Al menos eso pensaba mi mejor amigo.
Si no eres un buitre y quieres vender, puedes utilizarlo cuando y donde quieras. De lunes a viernes. Fines de semana también. Aquí, en Arkansas y en Torremolinos.
Honestos captadores de tráfico orgánico
«Iván, tengo que estudiar para un examen.» «Bueno, tú verás, siempre tendrás más convocatorias.» «Iván, tengo fiebre. Estoy fatal, tío.» «Bueno, tú verás, esto pasará y la oportunidad de conocer a una chica también.»
Teníamos nuestro propio sistema para ligar. Detestábamos a los buitres, sobones, pulpos y demás criaturas nocturnas. De acuerdo: teníamos más ganas de pillar que ellos, pero éramos universitarios y veíamos pelis de Tarantino. Eso nos convertía en honestos captadores de tráfico orgánico. Estudiosos del arte de ligar. Nos comíamos bien poco.
La chica del séquito
Una de esas noches en las que desplegamos nuestras inútiles armas de seducción masiva, la vi desde lejos. Me acerqué. Estaba perplejo: era la chica más linda que había visto en mis veintipocos años de vida. Lo prometo.
Ella miró un segundo hacia mí. En ese instante algo ocurrió: la música paró de golpe, la gente enmudeció y un foco de luz la iluminó des… Que no. Eso solo ocurre en Illinois, Minnesota o algún estado de la América profunda, donde los encuentros gozan de mucho glamour fortuito. En Andalucía la escena consistía sobre todo en gritarle a Iván de un lado a otro del local hasta que averiguaba de qué chica estábamos hablando.
Tremenda. Espectacular. Le faltó decir inaccesible: tenía a su alrededor un montón de moscones, su propio séquito. Eran como un programa de afiliados 1.0 en busca de su comisión particular.
Marketing amoroso de entresemana
Mi amigo Iván me dio una alternativa para captar su atención. «Escríbele una carta, Roberto. Recibe multitud de solicitudes y halagos un sábado por la noche, pero piensa en un martes por la mañana.» Menos ruido, menos tráfico, mayor conversión.
Sí señor. Marketing amoroso de entresemana. Dicho esto, o algo parecido, me puse manos a la obra. Conseguí su dirección —no era difícil, era muy popular— y le escribí aquella carta.
Quince años después, en el trastero
Más de quince años más tarde me encuentro un papel doblado dentro de una carpeta en el trastero. Era el borrador de aquella carta. Lo leí.
¿Era romántico? Sí, claro, tenía incluso una pequeña poesía. Pero era algo más que eso: era un texto persuasivo. Con copy. Un 75 % persuasivo, un 20 % romántico y un 5 % de faltas de ortografía.
¿Y qué es lo que más me sorprendió de aquel manuscrito? Que no tenía ninguna petición. La pelota estaba en su tejado. No había súplica ni ruego alguno. No demostraba ninguna necesidad.
¿Qué llamada a la acción incluía?
¿Invitarla a cenar? ¿Un paseo romántico? ¿Regalarle la entrada de un piso de protección oficial si respondía antes de medianoche? Nada de eso. Curiosidad.
El copywriting no hace milagros ni va de pociones magistrales. Pero si creas curiosidad sucederá algo seguro: la gente seguirá leyendo y leyendo hasta el final. Y eso aumenta las posibilidades de conversión. De venta. De amor eterno, o de lo que quiera que sea que vendas.
Conseguir ventas es muy parecido a ligar, y el guion es siempre el mismo:
- Muestras tus beneficios.
- Haces una propuesta.
- La dejas reposar.
- Y jamás demuestras necesidad.
Envíame más rollos de estos
Si esto te ha sonado a tu negocio, cuéntame el tuyo. Leo, pienso y lo pongo por escrito.